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El tango, arte y misterio

L'intervento di Horacio Ferrer al secondo Tano Tango Festival
in lingua spagnola

 

EL ARTE EXISTENCIAL

El Tango es flor más elegida de la cultura del Río de la Plata, por osadía, seducción, autenticidad y perduración. Buenos Aires es su corazón y su misterio, unida a Montevideo en el arco amplio, peliagudo y fraterno de lo rioplatense. El Tango, cultura feliz y límpida que libra a sus oficiantes de toda teoría sobre su filiación nacional. Pero el Tango es todos los tangos del mundo.

Arte de los siglos XIX, XX y XXI, como el Jazz es arte de alta noche y también el Flamenco, su otro hermano de épocas. Tango, Flamenco y Jazz, idiomas de la existencia despellejada y plena, tormentosa y barriobajera, horneados en cafés, burdeles y cabarets. Esos sitios donde sus creadores, malditos y benditos, paren la historia casi sin saberlo y se redimen abrazados a su obra en los baños purificadores de la verdad, la belleza y lo humano.

El Tango es, por eso y desde su albor primero, arte jamás oficial, semiclandestino y antiacadémico. O mejor dicho, académico de su propia academia con catedráticos que ocupan sus cátedras en olor de autoridad inapelablemente discernida por la inventiva estética. También por una ética fenomenal a la que repugnan los copiones y la inconducta nacional de los rateros, talentosos o no, del prestigio ajeno.

La palabra Tango nombra a unas artes musicales, poéticas, dancísticas y vocales fundadas en el grave arte de vivir de veras, en los laberintos ciudadanos y existenciales de nuestro tiempo.

Sesenta mil obras compuestas, estrenadas, editadas y registradas en discos, el Tango está todo grabado en ciento diez años de fonografía muy exitosa, son el ejercicio de estilo y la pasión de diez generaciones de mujeres y varones, cancionistas y cantores, directores, solistas, poetas, compositores, arregladores y orquestadores, glosistas, bailarines, historiadores, cronistas, meditadores y musicólogos, maestros de ceremonia del espectáculo que el Tango es, coleccionistas de discos, de recortes periodísticos, de documentos, de films y de discos y hasta otros protagonistas que son como "bastoneros" o suscitadores de atmósferas tangueras.

El Tango tiene ciertas notaciones métrico-rítmicas, modos estróficos o fórmulas estructurales. Pero es algo mayor que lo envuelve y lo sobrepuja para tener el alma brava y fina de un clima de la existencia. Fatalmente nos concierne, también a quienes lo detestan, por ser expresión de lo existencial universal (lo que es de todos en todos los tiempos) en descenso serio al fondo de la condición humana con los ojos que nos han correspondido en la tómbola de lugares posibles en este mundo.

El Tango es clima de la existencia retoñado en verso, canto, respiración de bandoneones y plástica de danza. Tango que despierta a su duende para confidenciar la vida, capital o vulgar, con un vaso de alcohol en la distancia debida y la adecuada luz que permite y propone el ritual de los tangos recrudecido, a diario, después de todo anochecer.

 

BUENOS AIRES

Construida sobre la pampa argentina en la orilla occidental del Río de la Plata, la Buenos Aires del siglo XXI es ciudad de smog y estrés. Ocupa un irregular damero de 14.000 manzanas en su área metropolitana que, con ciudades aledañas da un círculo de veinticinco quilómetros de radio para doce millones de personas.

Buenos Aires metrópolis alberga cincuenta barrios entre su puerto y Liniers, y desde Nueva Pompeya hasta Belgrano. Cada barrio con su historia, leyendas, identidad, poetas, cronistas, héroes, heroinas y tangos.

Salas de espectáculos y baile, teatro, cine, cafés, restaurantes-concert, circos, tanguerías, cabarets, varietés, music-hall y escenarios al aire libre tiene para el arte, más museos y galerías de pintura. Todo en esta urbe a la que ofrendamos libros y cantos mil desde "Fundación mitológica de Buenos Aires" de Borges hasta el tango "Buenos Aires" de Romero y Jovés o las meditaciones de Ortega y Gasset y Gómez de la Serna.

 

LA CIUDAD DEL TANGO

Todo el tango rioplatense y universal, sería indescifrable sin su madre Buenos Aires. Bella, enigmática, mudadiza, veleidosa y concluyentemente femenina.

Hay una Buenos Aires consumada en los tiempos para el porteño y la porteña de cada una de sus épocas. Y hay, cada día, otra, instantánea y verdadera, para cada uno de sus vecinos. Es tan esencial la ciudad medio inglesa que discurre frente a la tienda Harrod's como la genovesa-napolitana de La Boca, la afrancesada de la avenida Alvear, la pampeana de Mataderos, la muy madrileña de la Avenida de Mayo o la seudo Manhattan con pequeño Wall Street y mini Broadway que sufre y goza entre San Nicolás y Retiro.

Ciudad casi sin prehistoria ni fuertes ni murallas ni castillos seculares ni playas o montañas es en hondura ciudad en bajorrelieve interior, magnética y terrible, que infunde al tango el genio de la tierra.

Lo que el vals es a Viena, el Tango es a Buenos Aires, vínculo sutil profundizado y ennoblecido por la mugre sagrada de la brava cuesta arriba del desdén: el Tango ha sido náufrago para la inteligentzia, la prensa y la política cultural de su propia ciudad, siempre manoteando la otra orilla de su supervivencia.

Bocetada en 1536, asolada los dueños de esas tierras, aborígenes y fieras, en 1542 y refundada en 1580, a Buenos Aires la sella ese tríptico de su gesta original: Nacer-Morir-Renacer. Bíblico o cabalístico "3" del Padre-Hijo-Espíritu Santo; de los tres reyes magos de Belén; de padre, madre e hijo de la familia humana. Y si el puerto de la ciudad se llama Santa María de Buenos Aires, patrona de navegantes, ella, la ciudad misma, es Ciudad de la Santísima Trinidad. La escotan tres flancos de agua, los tres con sus riberas en seducción de lazo del génesis tanguero: el Río de la Plata, El Riachuelo de los Navíos y el arroyo Maldonado.

Buenos Aires tiene sólo tres puntos cardinales, norte, sur y oeste. Como si a levante un barrio gigantesco se hubiera hundido en el Río de la Plata, fantasía hidrográfica que se hace de tres imposibilidades científicas: no es ni río ni un estuario ni un mar. Buenos Aires que está en el paralelo 35 al sur de un suburbio del planeta Tierra, es un acontecimiento planetario.

Hubo excégetas e historiadores que han pintado su alma sólo como un vasto almacén abierto en la orilla occidental del Plata. Almacén en el que se han amontonado en azarosa y tumultuosa estiba, seres, estilos de la vida, modos de amar a Dios o al otro, manera de hacer el pan, el amor, el comercio y las casas. Para escarnio de tanta puerilidad, resta siempre el tesoro de veraz de la realidad metafísica: Buenos Aires es una inmemorial inmanencia de lo pampeano. Barro fino para las manos, el talento y la inspiración de la deidad fantaseadora de ciudades.

Ciudad finalmente desamarrada a las corrientes de la historia a partir de la Conquista, para someter a su designio el almácigo revuelto de barcos llegado desde el otro confín de los mares, más desde que fuera capital del Virreinato del Río de la Plata en 1776 y su coronación sentimental como la París austral y capital de la América Latina.

En un oficio de poderes secretos, Buenos Aires se sustancia mejor en sus ganas de luna: hay una Buenos Aires solar y otra sublimada por la noche. Es fenicia durante el día y es griega en su interpretación nocturna. Sus crepúsculos tienen muy poco de epílogo y mucho de obertura. Por eso, su hijo de más velamen, el Tango, es espíritu anochecido, caudillo de una pesada de nictálopes.

Y sólo se va a dormir el Tango cuando las patas de las sillas dadas vuelta sobre las mesas de los bares señalan, en el claror del alba, la expresión mimosa y aquiescente de Dios para sus porteñas y porteños de mayor enjundia.

 

PORTEÑOS Y PORTEÑAS

La más remota prosapia de los porteños la imparten genes indo americanos y aventurados genes españoles, con morería y judería entremezcladas, trasfundidos en lo morocho de criollas y criollos y en lo original, épico y pastoril del gauchaje.

El habitante de Buenos Aires es "porteño" porque el karma de su ciudad es portuario. También son porteños los de Cádiz y los de Valparaíso. Y porque por las puertas del puerto de Buenos Aires llegan las inacabables migraciones. La africana primera, bajo el oprobio y los lamentos de la esclavitud, negros vagamente incorporados a lo social y muertos hasta la locura en las vanguardias de las guerras civiles: los sollozos cantados y los parches sólo tienen un decreciente eco en la vida cotidiana, en los hábitos y las artes porteñas a diferencia de Montevideo.

Ya en pleno siglo XIX estremece a Buenos Aires uno de los sucesos migratorios graves y grandes de la Humanidad: cientos de miles de españoles e italianos de todas sus regiones; a la vez turcos, franceses, armenios, japoneses, alemanes, galeses, sirios; más tarde portugueses, yugoeslavos, bolivianos, checoslovacos; más luego peruanos y coreanos se radican, todos, en Buenos Aires ambiciosos de paz e ilusionados de progreso personal.

Un diluvio universal de estilos nacionales, un babélico temblor de tierra atruena a Buenos Aires para que deje de ser La Gran Aldea con vocación de megaciudad. En el 1900, al terminar el siglo XIX, Buenos Aires se puebla con más forasteros que nativos, tras veinticinco años de buques y vapores con gentes desde el ancla hasta los palos mayores y las chimeneas, tiempo, precisamente, de la gestación y la eclosión del Tango.

Entonces, otra vez historiadores y meditadores acometen su simpática aritmética. Suman los dos hechos y, sin más, concluyen: "El Tango es producto de la inmigración",

Claro es que la vida tiene más vueltas que la oreja y el Tango, que lleva la vida dentro, está lejos y a salvo de ser una suma porque es un humilde milagro.

 

GÉNESIS NACIONAL, CULTURAL Y SOCIAL

Grandes ciudades, milenariamente decantadas, hospitalarias, llenas de personalidad en paisaje y cultura, reciben al extranjero que se radica, hasta con trabajo y techo pero no le alteran el modo.

Buenos Aires sí: rumanos o japoneses, calabreses o andaluces sienten el sutil atropello de esta ciudad que los va domando a su metabolismo con imperceptibles seducciones. Seres de idiomas y hábitos firmes caen bajo el encantamiento de lo porteño, con su lunfardo, su mate, sus copetines amistosos, sus mujeres irresistibles, sus trasnochadas y sus tangos.

Si se aporteña parte de los inmigranrtes, el hijo del inmigrante es poco lo que atesora de sus progenitores. Raúl Scalabrini Ortiz lo precisa: "El hijo del inmigrante que es, genéticamente, hijo de sus padres, es culturalmente hijo de su tierra".

Inmigrantes conversos a lo porteño en el manoseo diario con la ciudad que es bruja; y sus hijos, ya porteños, se acoplan a los del antiguo linaje de Buenos Aires en la consumación de la ciudad y de sus artes: el teatro, el cine, la caricatura política, la historieta, danzas y canciones camperas. Y más que todo, el Tango.

De tal modo, a los viejos apellidos criollos Quevedo, Romero, Aragón o Ramos Mejía, se entremezclan Jovés y Ferrer, catalanes; Undarz y Urdapilleta, vascos; Rocatagliata, D'Agostino, Canaro, Mafia, de regiones de Italia; Pollet, Arolas y Laurenz, franceses; Bernstein, Philips, Thompson, sajones, apellidos todos de tanguistas de las primeras épocas.
En este orden de lo que va queriendo ser una cultura, y pudo ser un caos, se plasma un arte también inesperado: los pueblos de Buenos Aires y Montevideo, en la cuenca del Plata, hacen como la criatura que en la cancel de la vida, intenta y logra su único juguete propio y posible con piedras, ramas y barro en la soledad de un patio. Porteñas y porteños del siglo XIX hacen su tango con lo que encuentran en su época.

¿Qué hay?: hay un idioma sólido como derivación diferenciada del castellano en la poesía gauchesca, desde los cielitos de Bartolomé Hidalgo hasta el "Martín Fierro" de José Hernández; hay la poesía española e hispanoamericana con formas estróficas italianas e hispano arábigas. Hay la poesía ciudadana, jergal y barrial, aromada de lunfardo, el argot rioplatense. Hay los payadores, juglares criollos de canto improvisado con guitarra, uno contra otro. Hay un humor literario muy ciudadano en revistas políticas. Hay principios de dramaturgia vernácula en circos y varietés populares.
Hay las trovas y las danzas camperas, zambas, triunfos, tristes, milongas, cifras, chacareras, tonadas, cielitos y milongas. Hay las danzas, lancero, rigodón, media caña, mazurcas, polcas y valses. Hay las habaneras y danzones de Cuba. Hay los tanguillos y las murgas y chirigotas de Cádiz; los cuplés, los chotis y los tangos como habaneras de las zarzuelas y el género chico de Madrid. Hay la clásica armonía musical europea en orquestas de ópera italiana y orquestas de salón para tocar Verdi o Strauss.

Y hay, para todo eso una ciudad que ha nacido devota del espectáculo y propensa al baile, a la farra y a la vida nocturna.
El ser multánime de esta Buenos Aires tan bravamente constituida, se sirve de esta varia paleta de artes que ya están para la irreversible aventura de intentar lo que ya vive en su alma primera y pampeana con sensación de fatalismo: el Tango y su misterio.

El alma de Buenos Aires con las antenas paradas por ese empujón insobornable que está en la génesis de toda obra de arte: la imperiosa voluntad de expresarse.

ORÍGENES Y RESURRECCIONES

En lo más genuino e inexorable de la expresión porteña se armoniza, aún, otro repertorio de atmósferas estéticas propiciado por la constitutiva diversidad étnica y cultural de Buenos Aires. Hablo de lo que en el mundo ya era, en artes de otras países, como tanguístico antes y mucho antes de que en el Río de la Plata se hubiera compuesto el primero de tangos.

Se trata de la bohemia, los barrios bajos, la sensualidad y de lo nocturno, del sarcasmo y la locura visionaria, de algunos pasajes cervantinos, de la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz, de ciertos poemas de Charles Baudelaire, de músicas de Bach o de Chopin, o de los estampones de Goya o de pinturas de Lautrec. Es una especie de flotación pretanguera profetizando el hallazgo criollo de nuestro casi extremo sur.

Después ya crecido el Tango, con creadores y obras, lo enriquecen en vario acorde de influjos el grotesco teatral italiano, el modernismo francés y rubendariano, las romanzas musicales francesas e italianas, la copla andaluza y el flamenco, el ultraísmo poético español, la vanguardia musical europea de la entreguerra de la primera mitad del siglo XX, el Jazz del treinta al sesenta, la comedia musical de Broadway, los versos intimistas de Geraldy, los boleros de Cuba y México, el alboroto estético de Los Beatles. Todo con la prenda de no imitar sino adaptar esas riquezas a las claves esenciales de Buenos Aires, siguiendo la lección de los tangueros augurales que interpretan bailando, tocando y cantando el genio de la tierra que late bajo de sus pies.

El Tango, crecido lleno de mundo, regresa peregrino y seductor a ese mismo mundo, con la gracia de gozar nuevos orígenes como su Buenos Aires que ya, al aparecer en el planeta, nace, muere y resucita.

 

LOS ARRABALEROS

En la Buenos Aires del siglo XIX que intenta e inventa el Tango, una cuestión es el suburbio y otra el arrabal. El suburbio es la sub-urbe, modesta, pobre y trabajadora, lejos del centro, barrios de Barracas, La paternal o Palermo, fortines porteños bien habitados según la moral del tiempo. Suburbio es concepto urbano de implantación, zonas a las que se va o de las que se viene.

Al arrabal lo lleva uno puesto, como un ademán o una fiebre. No se trata de un sitio sino de un estilo recoleto y anochecido de la existencia, para conservar los códigos de la minoría arrabalera a resguardo de la moral establecida y consagrada como buena y obligatoria para todos los demás.

El pensador y musicólogo Carlos Vega ha dicho de los arrabaleros que hacen el Tango: "Yo no elogio la conducta de esos bravos libertinos; pero el arte no elige entre los probos sino entre los creadores".
La noche y el bailongo con su sustracción física y anímica al mandato de normas morales tomadas de otras culturas, es el amparo clandestino y perfecto. Distante de toda prepotencia ética y estética, dueños son de sus almas y despilfarradores de su talento.

A los que bailan en el natural ocultamiento del burdel, nadie les censura la osadía de abrazarse de mejillas a tobillos para bailar: no hay erotismo en ese abrazo sino pura voluntad de arte y puro jubilo de creación. La sensualidad de cada pareja es artística. Bailando se acoplan o desacoplan y evolucionan por la pista armando y desarmando los pasos ideados sobre la marcha para lucir el hallazgo, para ornamentarlo sin fin, cada pareja para ser en este torneo la más elegante, la más plástica, la más aplaudida.

 

INVENTORES DE LA DANZA

¿Quiénes son estos arrabaleros, estos "atorrantes", para nombrarlos como el lunfardo permite al designar a los oficiantes de la bohemia?

Si el estilo humano "tango" puede ser detectado ya por 1820, estos arrabaleros surgen de cinco generaciones de artistas anónimos hasta 1880. Buenos Aires en ese año es declarada capital de la Argentina y pasa de gran aldea a metrópoli en el alba de la pacificación nacional. Desde entonces los tanguistas dejan de ser sombras en la noche para tener nombre y apellido y por sus oficios, profesiones o condición social ser espejo de la sociedad íntegra.
En casas de tolerancia, bailetines, peringundines, glorietas, pensiones o prostíbulos aventurados muchachos acuden a su ritual tanguero del brazo de indocumentadas bellezas o de legendarias reinas de la noche como "La rubia Mireya" o "La parda Flora": El Tarila, el negro Cotongo, el pardo Aldana, compadres herederos del gaucho corrido a la ciudad por el alambrado de los campos, todos admirables bailarines. Los actores Alippi, Muiño y Ducasse, igualmente maestros de la danza como los distinguidos Ricardo Güiraldes, notable narrador, y Jorge Newbery, precursor de la aeronáutica argentina.

Con ellos, midiéndose en la destreza de los pasos, corridas, sentadas, pataditas, cuatros y ochos, pasos cruzados, quebradas, giros, volteos y media lunas, bailan universitarios, carreros, artesanos, mayorales de tranvía, políticos, proxenetas, periodistas y gente de teatro.

Fundiéndolos en el embrujo de una música y danza nacional propia y para todos, el Tango ampara un conato de acorde social y una armonización de razas, sensibilidades, credos y banderías.

Aquí recobramos dos ideas ya esbozadas antes: una, que no hay tales combinaciones de géneros entre sí en el origen musical del Tango sino que es obra del talento y el sentir de hombres y mujeres. Segunda: que el Tango no es obra de la inmigración sino que es una bandera ante la avalancha del shangai de lenguas, dialectos, usos y hábitos, imponiéndose como emblema de lo nacional. Los inmigrantes aportan colores, técnicas y matices, pero quien pinta el cuadro, el Tango, ha nacido en Buenos Aires.

 

RETRATO ÉTICO

El primer origen casi esotérico del Tango parece haber preceptuado códigos de inalterable vigencia para tangueros y tangos. Será el Tango siempre menester y obra de la bohemia: no hay tangos "fabricados" en editoriales o grabadoras. Y de modo mayor, en lo que la bohemia significa como expresión de independencia artística y de ejercicio de la libertad, todo el tango, en la esencia de sus continuas transformaciones, es un símbolo de libertad. Será por eso mismo que ha sido reticente en sus vínculos con lo oficial y será crítico de una sociedad de la que es nocturno vocero, aunque sin proponer jamás, no es su misión, receta alguna para sustituir una sociedad por otra.

Nunca versará el Tango sobre política de partido, pudor no transgredido en un siglo de letras ni por algunos de sus más soberbios poetas que han sido hombres de entusiasta militancia y notoria filiación. Ni obrerista ni aristocrático ni lumpen ni patrimonio de clase media o sector social alguno, el Tango reclutará a sus artistas y a sus fieles sin preconceptos de clase o de generación: en todos los tiempos sus orquestas han sido una alianza de generaciones y desde hace diez años están integradas indistintamente por mujeres tanto como varones.

Con ser, por último, por su origen y destino, arte terminantemente popular, nunca será el Tango "arte de masas", antes bien es arte de "capillas", de pequeños grupos a veces muy rivales, pero innumerables pequeños grupos que, juntos, han dado a veces la sensación, sólo la sensación, de la multitud.

Creo haber percibido, bailando, que la única ocasión en que una multitud se pone "íntima" es en los grandes bailes tangueros. Cada pareja ensimismada en su discurso bailarín le quita a la muchedumbre lo que le es más característico: la uniformidad y el anonimato. Son todas las parejas diferentes y son, siempre, Pedro y Rosa o Adriana y Juan.
El Tango no es arte de masas porque es, precisamente, el arte de la multitud desmultiplicada en la bienaventurada soledad de la pareja humana.

 

LA COFRADÍA DE LOS TANGUEROS

A imagen y semejanza de los secretos grupos de arrabaleros de los siglos XIX y XX, el ser del Tango, músico, amador, bailarín, cantor o poeta o merodeador, es ser de cofradía. La cofradía afianza tres valores caros al hombre de Tango: el Tango es más lindo y llegador vivido en compañía; la compañía lleva implícita la amistad y el amor y todo auspicia el escuchar el Tango como Dios manda. El silencio, matizado de emociones, la luz y la distancia son propicios para un arte que es más amado por las confidencias que por los alaridos. Con los tangos ya escuchados por escuchar, la vida colmada de Tango. Charlar y polemizar hasta empacharse ,reflexionarlo, conmoverse hasta el llanto, analizar letras y músicas, solos instrumentales; atesorar en prodigiosas memorias melodías, versiones, títulos, leyendas, autores, anecdotarios, arreglos, libros, biografías, discografías. Hacer, enriquecer y custodiar colecciones particulares de discos con decenas de miles de grabaciones, archivos de ediciones impresas de tangos para piano, o para piano y canto de ciento cincuenta años, recortes de diarios y revistas, fotografías, films, documentos y originales manuscritos en monumentos de amor y variedad de piezas que empatan con tangos lo que gozan de pinturas El Prado o el Hermitage.

El ser tanguero es ventura incomprensible para el que no lo es y concierne tanto a la seducción del Tango como a la apasionado estilo que nos es propio. El formidable compositor porteño Joaquín Mora en carta que me escribiera desde Centroamérica en 1960 logró este retrato impecable de lo que es "ser tanguero": "El Tango - me decía Mora - es para mi como una segunda naturaleza".

Ritual del Tango y de los tangueros que en hervor de bienaventuranza se hace también enigmático cuando advertimos que en la misma ceremonia reúne a fieles con detractores: los enormes francotiradores antitanguistas de un siglo de controversias, insultos y menoscabos públicos, como Leopoldo Lugones o Jorge Luis Borges, no están fuera de ese ritual sino muy dentro. "Nadie sabe - dice Borges, en una grabación tomada en EE.UU. - como me emocionan hasta las lágrimas esos tangos que aborrezco".

 

CARÁCTER

El carácter del Tango no es anterior al del pueblo que lo gesta sino, para bien o para mal, eco del carácter de nuestro pueblo.
En todo caso al porteño, con tendencia a la depresión y a la melancolía no le gusta que lo tomen de sorpresa y le vean el alma desnuda y sin el maquillaje de la humorada.

El Tango es un álbum de fotos y tomografías que nos escarban lo más recóndito de líos, contradicciones, fugas, fracasos e ilusiones fallecidos de pie esperando en la esquina con un tomate en la solapa en vez de un clavel.
Dice Claudio Segovia creador del exitoso musical Tango Argentino: "En la Argentina se vive el Tango como una culpa".
Pero el Tango no es una culpa, aunque contenga las confesiones de las culpas que azotan la conciencia de sus agonistas, por entero libre de ser una oficina de quejas y reclamos porque no es una oficina de nada sino un arte delicado y hondo. El escultor Libero Badii ha dicho que "a medida que ahondamos en la existencia vamos hallando las napas siniestras de lo humano y sus extraños claroscuros"

Desde siempre el porteño antitango suele proponer como modelo para imitar el arte musical y poético del Brasil por oposición al Tango, porque es más alegre, ignorante de que los "choro quiere decir en portugués "llanto" y que el bellísimo chorinho nace inspirados en el Tango de Buenos Aires tanto como los soberbios tangos cariocas de Ernesto Nazareth y que la canción que es emblema de "Orfeo Negro" de Vinicius de Moraes y Antonio Jobin, canta: "Tristeza nao tem fin, felicidade sí". Digo, de paso, aquí, que la tristeza es un alto estado de la dignidad humana.

El Tango sí, es triste, melancólico y serio, a veces chistoso, irónico, pintor y de todo es, como la vida. El Tango almacena los círculos sucesivos de una suerte de comedia humana en la que Beatriz es Buenos Aires y el Tango es fatalmente dantesco y poético. Ha preferido siempre estar más cerca de la herida que del gimnasta. Su alegría es la que siente el que se pone a tocarlo y cantarlo, es el júbilo de los que lo salen a bailar, es la plenitud de quien en un alto del camino, para la oreja para escucharlo o la alegría de un actor que tiene el privilegio de hacer Hamlet.

 

LA MÚSICA

Nada de híbridez hay en el Tango, que entra resuelto en el mundo de las artes con prepotencia calderoniana. En un tiempo, el 1900, sin radio ni tevé ni láser ni internet, manda para empezar un repertorio como de doscientas obras, logra su propia orquestación en diez años, encumbra veinte estrellas adoradas por el público y con la revelación de una plástica dancística desconocida, envía todo eso a las capitales universales de la cultura para medirse sin menoscabo de originalidad y de alarde inventivo. Y de paso, haciéndose prohibir por los ejércitos de Europa entera y obligando a un Papa a rehabilitarlo ante el mundo desde el Vaticano para escándalo de la sociedad porteña.

Es que no reconoce el Tango otra procedencia musical que el ingenio de sus propios compositores, maestros intuitivos que tienen alta y parada la oreja de su corazón para antenear la vida en torno, para arrancarle la pepita a lo esencial y transmutarlo sin más en arte de la música. Arte que no es hijo sino claramente hermano de otras músicas de la época, habanera, chotis, polca, mazurca o milonga, especies con la que el Tango rivaliza y a las que sobrepuja con un largo siglo de evolución estética y estilística y con esa capacidad de locura para el hallazgo de lo nuevo que es menester en todo arte humilde y grande para no quedarse pegoteado a las postales de unas épocas sólo redimidas por la nostalgia. Clasicismo del bueno esto es, pasta de modelos arde en El Choclo, El entrerriano, Don Juan, Las siete palabras, Unión Cívica y Joaquina, tangos del alba de los tangos y reverendamente tangueros como los de medio siglo y más después Boedo, La yumba, Adios Nonino, Responso, Melancólico, La bordona, Che Buenos Aires o A fuego lento todos, éstos y aquéllos, voz del hombre de los siglos XX y XXI.

 

LA ORQUESTA Y SUS VUELOS

El Tango nace, crece y perdura como ejercicio de libertad imaginativa viviente y no superviviente, porque el Tango es arte vigente y no es folclore ni está en estado folclorizado ni en música, poesía, canto o danza, congénere el Tango de la música de Gershwin y de Lecuona, de la poesia de Guillén o de Serrat y de los cantos de Bing Crosby y Charles Aznavour, y de las coreografías de Gene Kelly o de Maurice Béjart.

En rápidas y seguras reformas en el acople de sus instrumentos los músicos consuman la Orquesta Típica, que pudo ser europea por el origen de esos instrumentos, y es sin embargo, rotunda invención tanguera: fila de bandoneones, cuerda completa, vocalistas y flauta, clarinete, percusión, guitarra, vibráfono, según el sabor de los estilos.
La fórmula rítmica del Tango inicial, corchea con puntillo, semicorchea y dos corcheas, pierde el puntillo y con él borra (quedará sólo en las milongas) el influjo afro. Deja entonces paso a un movimiento uniforme de corcheas, del que es modelo "La Cumparsita" y sobre la base del cual con tempo rubato, variedad de síncopas y de divisis más una escritura orquestal ascendente desde cabarets, bailes y radios, discos y teatros, el Tango se propone a música de cámara con De Caro, Troilo, Pugliese, Di Sarli, Salgán, Piazzolla, Piro y Garello.

El Tango no será jamás polifonía improvisada como hay en el Jazz sino siempre música de acuerdo previo, orquestado y arreglado con solos, tutis, pasajes fugados y contrapunteados.
Pero lo esencial del Tango siempre se toca y se tocará con lo que no está escrito en las partituras.
También desarrollado y elaborado en formas de suites, de concierto, de oratorio, de cantata o de ópera, cantado con guitarras, en solo de piano, en los grandes salas del mundo o en los cafetines y bares de barrio, el Tango es la música clásica del Río de la Plata.

 

LA POESIA

Como hay actitudes, almas, ciudades o culturas que son poéticas, el Tango es poético en el conjunto de su idea. Pero también tiene su lirismo poético hecho de palabras decibles y cantables, con poetas y obras, idioma y prosodia particulares, sagas y personajes, temas y argumentos, épocas, estéticas y estilos, con su repertorio el más numeroso de canción alguna.

El amor, antes de todo el Amor, y sobretodo el amor difícil en el laberinto de la ciudad intrincada, encabeza los temas del Tango, obsesionado siempre por lo existencial: Primero hay que saber sufrir / después amar, después partir / y al fin andar sin pensamiento, que canta Homero Expósito en "Naranjo en flor".

Luego el tiempo que discurre en la ciudad mutante con su ruinosa obra: Sentir que es un soplo la vida / que veinte años no es nada.... canta Alfredo Le Pera en "Volver". Hecho de polvo y tiempo el hombre dura menos que la liviana melodía que es sólo es tiempo entona Jorge Luis Borges en su poema "El Tango".

El tiempo y su consecuencia final, la muerte: Porque el tango es bravo / porque el tango es fuerte, / tiene olor a vida / tiene gusto a muerte, que canta Celedonio Flores en "Por qué canto así"

Dios, el bien y el mal, el destino y las incógnitas de ser el mundo: Yo siento que mi Fe se tambalea / que la gente mala vive, Dios, mejor que yo, canta Discépolo en "Tormenta". Y Eladia Blázquez en "Sueño de barrilete": ...tratando de explicarme que la vida / es algo más que un simple plato de comida.

Después los asuntos de la ciudad, sus barrios, sus personajes y los retratos del tango mismo y de su bandoneón, al que le dice Cátulo Castillo en "La última curda": Lastima bandoneón mi corazón / tu ronca maldición maleva. / Tu lágrima de ron me lleva / hacia el hondo bajo fondo / donde el barro se subleva. / Ya se no me digás, ¡tenés razón! / la vida es una herida absurda, / y es todo, todo tan fugaz, / que es una curda nada más mi confesión.

Temas familiares y sociales: porque no hay padre, la madre es último puerto de regreso del amor, el tiempo y el destino; y los amantes, porque en el Tango no hay marido y mujer y la familia son los amigos de la oficina o del barrio; los trabajos de la explotación con el conventillo por hogar; la prostitución con el cabaret por morada y la bohemia como estilo de la vida con el bulín por nido.

Como estética hay dos pilares en la poesía gauchesca y en el faro de Ruben Darío y el modernismo, modulando entre el romanticismo, el grotesco y el surrealismo. Canta Homero Manzi en "Discepolín": Al fin ¿quién es culpable de la vida grotesca / y del alma manchada con sangre de carmín?.. mejor es que salgamos antes de que amanezca/ antes de que lloremos, viejo Discepolín.

O el bar surreal con el alcohol que se delira en las botellas a causa el bravo parroquiano que no volvió: Por tu ausencia en las borracherías / cambió en la estantería / el gusto de las cañas canta Mario Batistella en "No aflojés".
O a locura porteña que está en las novelas de Roberto Arlt y yo canto así en mis tangos: ...sobre el abismo de tu escote hasta sentir / que enloquecí tu corazón de libertad,/ ¡ya vas a ver!.

Piensa Gómez de la Serna: "La letra de los tangos es hija de los aedas del arroyo, mezclando sentimientos contrarios ennoblecidos por la desesperanza. El Tango mezcla todo en estilo telegráfico, en relato atropellado de quien presta declaración con la faca clavada en el alma": Yo quiero morir conmigo, sin confesión y sin Dios, / crucificado en mis penas,/ como abrazao a un rencor dice Antonio Podestá.

 

HABLAR CON MÚSICA

Arte oblícuo y medianochesco, en el Tango no caben los gritos porque su destino es, precisamente, expresar lo confidencial de la existencia. Palabras fraseadas en seducción de murmullo al oído de ella o de los amigos, aún para decir lo más doloroso: "Dentro de mi mismo me he perdido / ciego de llorar una ilusión."

El Tango se canta y expresa entre lo que se dice y lo que reserva para uno, haciendo caudal siempre de los matices sonoros copiados de los matices de vivir: no hay caso de gozar bien un gran contento sin haber sufrido mucho alguna vez.

En las entonaciones vocales llegan al cantar de los tangos de nueve décadas, sabores del canto pampeano y urguayo de los estilos y las milongas. Y oímos, sólo en la técnica, influjos patentes de la lírica italiana de abolengo operístico.
Nada hay de afro o indígena en el canto tanguero, y sí hay una secreta afinidad en lo expresivo con las artes mediterráneas, sur de España y de Italia y norte moro de África, verbigracia los "rulos" que son delicia melódica de Carlitos Gardel (grupeto de notas para cantar una sola sílaba) y parecen parientes de los melismas orientales que dan reverberaciones milenarias a las gargantas del cante flamenco.

Hay un término de nuestro lunfardo para perfilar lo que es la expresión en el Tango: el "chamuyo", susurro modulado de decibeles y de intenciones, cortesía del tono para la mayor intimidad humana. Chamuyo del canto en el umbral de los labios con su arte poética y su melodía en la sensualidad suma del regodeo de hablar con música el que canta, jugando e hiriéndose.

El que canta no canta la experiencia de otro que es el autor, sino que canta su propia lastimadura o la esperanza que es de él. El cantor de tango es como un actor en un tinglado que sus oyentes imaginan y él pisa y ocupa con autoridad durante una obra dramática de tres minutos de duración.

El chamuyo del canto circula imperioso por cuerpos y miradas de la pareja que tanguea en la penumbra de la danza, chamuyo del bandoneón deletreando el infarto con música, chamuyo que es como la cariátide que sostiene la estética del Tango entero.

Arte y misterio del Tango, duende vanguardista y húmedo del Río de la Plata, devorador de mundo, que reanuda su travesura más seria bajo la mirada delirante, nochera y dorada de la Ciudad de la Santísima Trinidad.
Muchísimas gracias.

 

Credo de Amor en Tango

Me preguntás, amor mío, pequeña mía,
qué es el Tango,
y yo, duende del asfalto, te digo:

Creo que Tango es eso
que provoca un clavel en mi solapa,
cuando no tengo ni para claveles,
y voy a verte.
En lo alto de las estaciones de tren,
una paloma se muere del todo
por ese que sólo se muere un poco
esperando a quien no llegó.
Creo que eso es Tango, querida.
Y es tanguista el gato calavera
que se burla de la solterona,
pero que no la abandona jamás.
Y es Tango el timbre que suena y suena
en una casa vacía,
y también hay Tango en los ojos
del que llamó y se va, y se va
con su ausencia puesta.

Creo que es Tango esa hora azul
en que los domingos dejan de alborotar
y se agravan lunes.
Y esos alegrones sin motivo, ¿viste?,
pececitos de oro
en las profundidades de la vida,
son Tango.
Y es Tango una cara que no reflejan
los espejos de los cafés.
Y es tangueado el son
de la lluvia en la ventana,
cuando la ventana queda sólo sostenida
por nuestras miradas, mi amor.

Creo que el Tango
es un náufrago en la ciudad,
pero el náufrago de mayor aliento.
Y canta Tango el agujero de mi zapato,
ojo de presa, sí, en todas las calles
que guardan pasos tuyos, querida.
Y es Tango la modesta
misa familiar que daba Mamá
trepada a la parva de la ropa limpia,
blanqueándola todavía más
con el comentario de su corazón.

Creo que es Tango
ese abrazo que nos dimos
sin sabre si era el último.
Y es Tango la melancolía
de los viejecitos que destejen
sus vidas en las plazas.
Y es Tango la aurora,
pero muy atacada de fantasmas.
Y es Tango un frenesí de bocinas
en el atardecer, cuando no me encontrás
y me seguís buscando, amor mío.

Igual que el amor,
como mejor se vive y se siente el Tango
es a menos de diez metros
o a más de diez mil quilómetros de distancia.
El Tango canta con su bandoneón,
ese pajarraco wagneriano
que extravió su pasaje de regreso a Alemania
porque presintió que en Buenos Aires
iba a nacer Pichuco.
Toco el bandoneón
en los botones de tu blusa
y bailan Tango en el cielo.

Tango es algo que la noche va silbando
y no está en ningún repertorio.
Y es Tango la danza
que hará el último suspiro
con la postrer galantería.
Y creo que es Tango
cualquier síntoma de canción de cuna
en el día final.

Pero ahora que tu adorado rostro
se convierte en rosa de la memoria,
sólo estoy seguro de que Tango
es como decir: Te amo, te amo,
amada mía, pero por Dios cómo te amo,
te amo, te amo.

 

 

 

 
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